21 may 2011

Vargas Llosa: El Perú es Patricia

El gran escritor Mario Vargas Llosa, habla sobre su esposa en Estocolmo. Termina entre aplausos diciendo: "Mario para lo único que tu sirves es para escribir", Refieriéndose a las palabras de su esposa.

13 may 2011

Solo Una Vez Más (PARTE ll)

Después de aquella fiesta de promoción… pensé que todo se acabaría. Pero el tiempo me dijo que todavía nada había empezado.

En realidad fue muy pero muy especial como la conocí. Nunca me había pasado algo parecido en otras ‘Citas’. Siempre estuve acostumbrado a salir a caminar por ahí con alguna chica y entablar una relación de amigos. Pero lo que me pasó… creo que jamás lo olvidaré.




Primero me sorprendió la noticia que ella vivía cerca a mi casa. Después quise saber cómo era ella: como se comportaba, como se expresaba, como pensaba. Pues solo quería conocerla, me importaba muy poco tener una relación que sea más que amigos.

Era la tarde de Diciembre, donde el sol estaba en su perfecta forma. Tan incandescente y redondo como un aro circular iluminando las calles Limeñas. Mi celular se prendió nuevamente para decirme lo siguiente: “Si puedo, ven a las 5:00 pm a mi casa”… era el mensaje que esperaba. Por fin, iba a ir en su búsqueda.

La hora pactada había llegado. Yo vestía un pantalón azul, polo morado, zapatillas oscuras y un nextel enganchado en la correa. Pasé por su casa y le timbré a su celular tal y como habíamos quedado.

Estuve cerca de 20 minutos parado en la esquina y no salía. Pensé que ya no quería salir conmigo. Así que sin temor alguno me aproximé a su casa para buscarla. En ella, estaba una señora de blusa azul que me miraba de reojo desde el momento que rondaba por su casa.

Me acerqué a la señora y pregunté por su hija. Ella me miró de pies a cabeza (pues nunca antes me había visto y yo tampoco a ella) y sin decir palabra alguna, solo entró a su casa.

Para ser sincero, fue la única y última vez que le hablé.

Pasaron 10 minutos para que saliera la chica que con ansias esperaba. Mi reloj marcaba las 5:35 pm. Estaba algo desesperado, los nervios habían enervado mi paciencia. Pero ella finalmente se hizo presente. Mis ojos quedaron sosegados al verla.

No estaba seguro que era lo que pasaba en esos momentos. Simplemente, me dejé llevar por aquella situación que era algo realmente reconfortante, excitante, hermoso, bello, espléndido.

Ella no venía sola. Al salir de su casa estaba con un perro. Sí, un cuadrúpedo de orejas largas, de piel plomo color rata, y unas uñas que hasta el día de hoy recuerdo.

Me quedé sorprendido. Nunca antes había salido con una chica y… con un perro que seguramente la hacía de guardián. Era algo tedioso, al menos para mí lo era. Pero no todo acabó ahí. Al caminar por una calle estrecha, vi que su madre, a la que minutos antes me había referido, estaba detrás de nosotros.

A pesar de todo…. Ese día la pasé bien. La chica de apellido impronunciable era mejor de lo que me imaginaba. Tenía ese algo diferente que con otras chicas no lo había visto. Cada sonrisa que daba, hacia que mi corazón palpitara cada segundo. Esa tarde, que luego se hizo noche, ella regresó a casa y por consecuente yo hice lo mismo. Al arrecostarme al sofá, me puse a pensar en ella.
Así fueron pasando los días, y la chica que era una extraña para mí, dejó de serlo.

Ella se convirtió en una amiga, mejor dicho… más que una amiga. Las llamadas al celular no dejaron de cesar y cada mensaje de texto era una especie de declaración asolapada.

Yo era feliz, y creo que también ella lo era. Y ahí me di cuenta que ya no podía esperar más para declararle ese amor rebelde el cual sentía por ella.

En el mes de Enero, un 14 de aquel día para ser más exactos, le rebelé ese amor desaforado. Ya lo tenía todo planeado. Tenía el obsequio preciso para la situación. Pero con lo que no contaba era con la presencia de su amiga.

¿Cómo puedo decirle lo que siento a alguien si hay una persona demás? Pues pensé que no le diría nada aquel día, hasta que escuché decir: “Bueno amigos… ya me voy chau cuídense”.

Era el momento. Estaba solamente ella y yo. Tenía que decirle rápido, antes que se fuera a su casa. Estaba nervioso, no solo me temblaba la vos, también los ojos, las manos y el espíritu.

La miré a los ojos, bajé mi tono de vos, caminé lento y por arte magia detuve el tiempo unos minutos. Con una canción de fondo, le dije que me gustaba más… que una amiga. Mientras le hablaba, ella ni siquiera me miraba a los ojos, simplemente miraba al vacio. Como si no le importara o simplemente no podía verme por lo que decía.

Le dije muchas cosas, pero entre lo más importante de aquel día fue si quería compartir conmigo algo más que una amistad. Mejor dicho, en otras palabras… si quería ser mi enamorada.

La dama me asustó al decirme: ¿Qué harías si te dijera que no?, Esa pregunta me dejó algo frio, no quise responder pero sin embargo lo hice. “si me dices que no, aunque no quisiera, te dejaría de hablar porque no quisiera ilusionarme más contigo”.

Seguimos caminando y ella se dirigió a mi diciéndome que le preguntara de nuevo. Yo le repetí la pregunta, pero esta vez fui más directo: ¿Quieres ser mi enamorada? Ella respondió inmediatamente dándome un sí. Ambos pactamos nuestro amor… con el primer beso, eso beso puro y sincero que hasta ahora recuerdo.

El letargo que tenía había salido a la luz, y ella sin darse cuenta… había sido el brillo que reflejaba mi alegría.

Todo era hermoso, bonito, romántico, ridículo, imaginativo, y todos los síntomas de un amor. Pero lo que parecía ser un cuento de hadas, terminó siendo un infierno desencadenado. Solo estuvimos dos meses.

El primer mes tuve la delicadeza de regarle un ramo de flores, justo un 14 de Febrero. ¿Coincidencia? Por supuesto que no. Pero ese día, las cosas empezaron a ser diferentes. Ella no era la misma y seguramente yo tampoco.

Discusiones, peleas, regaños, críticas… fueron marchitando aquel amor que construimos con tanto esfuerzo. Terminamos, y de la peor manera. Nos dimos un tiempo para pensar mejor las cosas y arreglar nuestras diferencias, pero el tiempo fue quien nos ajustició y terminó por desmoronar aquel castillo de naipes. La medicina fue peor que la enfermedad.

Ya nada fue igual. La mirada que veía en ella, terminó. Su sonrisa ya no causaba ningún movimiento extrañó en mi corazón. Mi celular no volvió a sonar, Y “ese algo especial” que veía en ella, desapareció como el arco iris de una tarde. Mejor dicho… como una vez lo dije: “me estaba enamorando otra vez”, esta vez me tocó decir…”me desilusioné otra vez”.

Como quisiera que esos días regresen. SOLO UNA VEZ MÁS, solo eso. Aquellos días donde solo se respiraba tranquilidad, armonía y sobre todo y ante todo… amor.

Pues ahora, cuando volvamos a vernos, en un tiempo lejano o cercano, se llevará una gran sorpresa. Le costará trabajo reconocer aquel enamorado que tuvo alguna vez. Tengo la impresión de haber mudado de piel, como ciertos ofidios, de mentalidad y acaso hasta de alma.

FIN

4 may 2011

Verónica...¡TE AMO!



Eran 7:00 am, tenía que ir a la universidad a rendir un examen bastante tedioso. “Como está Salvador, buenos días”, me saludaba el vecino Terrones amablemente, como todo los días.

Al subir al ‘Micro’ me senté con una señora de contextura gruesa. La susodicha se enojó conmigo porque dice que le propicié un ‘Pisotón’ en el pie derecho. Realmente las cosas no me salían de la mejor manera. Estaba molesto, fastidiado, irritado, enardecido. Sin embargo, opté por la paciencia y tragué mis palabras sobre aquella mujer.

El sol de la mañana era insoportable, y el carro donde viajaba estaba casi repleto. Cuando de pronto, subió una pareja. Eran dos personas que no pasaban los 40 años, pero tampoco menos de 30. Ambos se sentaron en la parte trasera del carro.

“No intentes tapar el sol con tu perdón”, dijo muy alterada la señora que hace unos minutos había subido. Ella tenía el cabello rubio ensortijado, de tez blanca y ojos pardos. Su acompañante, apenas era un tipo flaco y escuálido, de lentes gruesos y vestidura semi – elegante.

Las palabras de Verónica, la mujer de ojos pardos, se escucharon en todo el bus. Y yo, que no se si para mala suerte o no, estaba delante de ellos.

Verónica seguía diciendo: Enrique, me has humillado demasiado. Muchas veces me dijiste que no me querías, que fui el peor error de tu vida. Gorda, fea, vieja, y otros insultos de peor calaña me has dicho.

En ese momento la concentración de todo el vehículo se centró en aquella pareja. Todos esperaban, disculpe, todos esperábamos…la respuesta de Enrique.

Él dijo: Es verdad, fue eso y mucho más. Pero acaso ya no te acuerdas cuando me dijiste que alguien te cortejaba, te regalaba chocolates y peor aún… te robó un beso.

El suspenso se apoderó de todos nosotros. Era una historia realmente emocionante. Nadie decía palabra alguna, ni siquiera el chofer y el cobrador que también escuchaban con mucha atención.

En esos momentos de tensión, Verónica le contestó: ya te dije que nunca quise nada con él. Siempre te quise a ti y parece que jamás lo entendiste.

Con el corazón destrozado, Enrique le dijo a la dama que miraba al vacio llorando.

Es cierto que te dije muchas cosas hirientes, y por eso te pido disculpas. Muchas veces me dejé envenenar por el odio, la ira. Por eso, esta mañana te pido frente a todos, un favor. Quiero que me ayudes a cambiar, porque estoy seguro que solo no podré hacerlo. Ya olvídate de las atrocidades que te dije, y acuérdate de las cosas bonitas que pasamos juntos. Nunca olvidaré aquellas palabras que me dijiste una vez: “soy la mujer más feliz a tu lado”. Lo que Dios unió en matrimonio, espero que el hombre no lo separe. Aunque tengo la muerte en el corazón, solo quiero decirte dos palabras, que son las más sinceras posibles: Verónica… ¡Te Amo!

Verónica había hecho sordo a sus ruegos. Pero después de lo que dijo aquel guerrero, que su espada había sido el amor y el escudo la coherencia… ella lo abrazó. Los dedos de Enrique tocaban suavemente los labios de aquella mujer. El calor fulminante de esa mañana hizo que los labios carnosos del hombre desfasado se juntaran con la de su amada.

El deleite de los pasajeros fue inevitable. Todos estaban extasiados. Parecía que estábamos en la época del romanticismo, donde el hombre cortejaba con lujos y detalles a la mujer. Pues lo único que atiné a decir ese mañana fue: en el paradero bajo, por favor.

Al bajar, sentí una alegría inmensa por esa pareja. Parece que todo me iba a salir bien en ese día, pero la vida me demostró una vez más…que estaba equivocado.

Pues nunca jalé aquel examen tedioso, tampoco tuve un mal día en la universidad y mucho menos en casa. Lo único, y por cierto muy desastroso que me pasó… fue que en ese auto donde había viajado hace pocos minutos… se había estrellado y solo dos habían muerto. Sí, era Enrique y Verónica.

Parece que hubiera sido todo una película, pero era la cruda realidad. Al bajar del micro, pude ver que el carro seguía su camino. Pero en segundos nada más, hizo un giro inexplicable. ‘El Micro Maldecido’ había dado tres vueltas en campana, por esquivar a un bebe de apenas 1 año que se encontraba en la pista.

En esos momentos no supe que hacer. Estaba atónito, atemorizado. Pero fui a ver qué pasó. Vi un mar de gente que estaba herida, llorando, gritando. Y entre los fierros de aquel transporte público… estaba Enrique y Verónica, abrazados hasta la muerte.

Tuve más de un sentimiento aquel día. No sabía si tener cólera por el descuido de la madre sobre el bebé, o tener pena por aquella pareja, o simplemente sentirme aliviado por salvarme de la muerte. Lo único seguro de ese día… es que verónica y Enrique regresaron y la impredecible muerte vino por ellos.