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La recuerdo perfectamente. Estaba sentada en la silla de siempre, con su falda corta, su blusa color cielo y por supuesto… con su luminosa sonrisa, una mueca sonriente que despliega una música extraña, algo que llega hasta el alma.
Apostaba siempre a verla todos los días. Siempre que entraba, ella estaba ahí. Tan inocente y timorata como la primera vez que la vi. Estoy seguro que no me creerías si te dijera que la conozco de años. Aquellos años donde apenas era una niña y su única preocupación era jugar, jugar y jugar.
Han pasado cerca de 12 años y la niña de ojos grandes dejó de ser aquella nena para convertirse en una joven. La joven que ahora viste, actúa y piensa diferente.
Ella tiene la piel muy suave, parda en verano y blanca en invierno, como la de los armiños. Sus labios están partidos en dos rubís, algo irónico tal vez para ella. Y sus baños de agua, en los manantiales de las diosas del Olimpo.
Esta chica afirmaría que tiene el son de ser bella, mejor dicho, etimológicamente, Don - Bella, que vendría hacer la palabra Doncella.
Sí, es precisamente de aquella Doncella a quien me refiero. Ambos crecimos juntos, estuvimos en la misma escuela, en los mismos eventos, con los mismos amigos, compartimos muchas cosas, pero entre lo más importante fue… ese acercamiento humano al que capas otros no hayan tenido. No sabía si se trataba de una amistad o tal vez de un trato familiar. Creo que era la mezcla de ambos, revueltos como el huevo, pero con una sola esencia.
Era, es y será aquella persona de confianza. A la que le conté mis más íntimos secretos. Era algo genial, tan descollante, tan maravilloso, o como diría los argentinos… tan macanudo.
Pero parece que había llegado el invierno, y el frio con sus vientos huracanados habría congelado todo. De noche a la mañana, ella cambió. Capas ocurrió antes y yo, sin darme cuenta, seguí creyendo que era la misma.
Creo que no fui el único que se percató del cambio. Tengo la seguridad que muchos de sus amigos, y hasta sus padres, se dieron cuenta. Pero lo que ellos sabían, fue algo que nunca me enteré… hasta más adelante. Me da la impresión que fui el último en enterarme, ¿Por qué?, Es la pregunta que hasta ahora me hago.
A veces, solía levantarme de mi camastro por las noches, el sueño era algo ajeno por aquel tiempo entonces. En una noche de desvelo, estuve parado en las afueras de mi habitación, casi siempre llevaba un short y un polo de mangas cortas, a pesar del abrumador clima helado de Mayo. El cielo lo encontraba despejado, acompañados de luminosas estrellas y un astro bastante impoluto.
Ese día de oscuridad, me pareció ver a la diosa Ártemis (diosa de la luna). Ella me compadecía. Me preguntaba porque tenía ese rostro tan desencajado. Yo le conté lo que me pasaba, a pesar que hablaba solo, como un orate.
Artemis me dijo que le preguntará qué pasaba, ¿cuál era el motivo? Eso fue lo único que le escuché, o fue lo que quise escuchar en ese tiempo de alucinación. Regresé a mi camastro y el sueño al fin pudo llegar, pero antes de cerrar los ojos, pude ver la hora, 3:30 am.
Al día siguiente, pensé mucho en lo que me había pasado. Recuerdo que era un domingo. Pasé todo el día con mi familia y por la noche fui a buscarla.
Antes de llegar a la casa donde estaba, pude divisar la Doncella a lo lejos. Ella me daba la espalda, y yo, sin hacer ruido alguno, me aproximé sin hacer bulla. Al ir avanzando, noté que tenía un celular en la mano apegada al oído, suponía que hablaba por teléfono. Así que fui más minucioso en no hacer ninguna clase de sonido que pueda alertarla.
Estaba detrás de ella, le iba a pasar la vos… cuando de pronto la escuché suspirar. Me quedé sorprendido, extrañado, impresionado, anonadado, asombrado, y sobre todo, patidifuso.
Nunca la había visto así. Ella se sorprendió al verme, se le cortó la voz y cerró los ojos. Sus manos comenzaron a temblar, parecía que tenía el síntoma del delírium trémens.
Me acerqué a ella y la saludé. Ella sin decir palabra alguna, hizo lo mismo. De manera burlesca le pregunté por el suspiro que había dado, insinuando que lo hacía por algún chico. La Doncella me miró y asintió.
Ella sintió que dudaba y me miró fijo a los ojos. La dama había palidecido algo, pero luego lo negó con la cabeza, algo incomoda.
Entonces ahí recién pude darme cuenta de lo que había estado pasando. La Doncella se había enamorado, y yo jamás me percaté de aquello. Es cierto que había escuchado un secreto a voces, pero no estaba seguro, hasta el día en el que ella misma me lo confirmó.
Yo le dije que no tenía porque sentirse incomoda conmigo, que ilusionarse, enamorarse, es humano. La confianza le llegó de nuevo al alma, y ella más tranquila, me contó detalle a detalle de cómo fueron las cosas.
No solo estaba enamorada, sino que ya estaba con alguien. Me contó de cómo lo conoció, como era él, que cosas hacía y cuáles no. Como la conquistó, como se dieron los hechos, etc., etc. Lo más curioso fue que cuando me estaba contando todo, bajaba la voz, como si alguien más pudiera oírnos.
Entonces ella seguía con su relato, pero mientras hablaba, mis oídos ya no prestaban más atención a lo que decía. Mi mente divagaba por las penumbras de las calles solitarias y, esos raptos de terror parecían haberme helado la sangre, deteniéndome así… el corazón.
Sí, pude comprenderla por lo que pasaba pero tenía la misma sensación de antes, de que ya nada sería igual. Si en mi tiempo de alucinación a mí se me apareció Artemis, a ella se le presentó la diosa del amor, Afrodita.
Ya estaba todo claro, no podía negarle esa felicidad ecuánime, sería muy envidioso de mi parte. A veces, la oscuridad del alma humana aparece en su estado más puro y, por tanto, más enfangado. Por supuesto, que yo no podía ser ese tipo de individuo.
Cuando vi que esta Doncella había terminado su cuento de hadas, yo me acerqué, miré sus ojos profundos, y con cierta congoja le di un beso en la frente. Ella esbozó apenas una sonrisa que parecía más de tranquilidad que de alegría.
A la mañana siguiente, el día amaneció nublado y con amenazas de tormenta, pero la lluvia no llegó a estallar y toda la mañana la atmósfera estuvo cargada de electricidad. En medio de ese extraño clima, estaba pensando en muchas cosas, imaginando que a veces me miraba, incluso con la piadosa simpatía que merecen los idiotas. Creo que si hay algo que nunca podré olvidar, será aquel suspiro que dio aquella Doncella.
xqe no salio el comentario anterior ? ¬¬ habiia dicho qme fascinaba y que me encanto y queriia otriito :(
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