
Son días felices.
El otoño ha llegado por fin, el calor agobiante del verano se ha marchado, estos son los meses mejores en la isla.
El otoño ha llegado por fin, el calor agobiante del verano se ha marchado, estos son los meses mejores en la isla.
Una lluvia que parecía rabiosa ha llenado tanto la piscina que se ha desbordado de agua y ha lavado las camionetas que nunca se lavan porque lavarlas en el grifo cuesta cuarenta dólares por camioneta y porque ya lavé todos los domingos las camionetas cuando era niño y mi padre me obligaba a ello: la limpieza y el orden son virtudes de los mediocres, escuché alguna vez en una película, por eso mi vida es un caos y no limpio nada, o casi nada.
Las ratas trepadoras que vivían en un escondrijo en las alturas de un árbol y que salían a pasear de noche en los alrededores de la piscina han mordido las trampas envenenadas y el jardinero dominicano, gran amigo de mi familia, las ha encontrado muertas, hoy domingo apareció una más y nadie la ha tocado y será mañana el jardinero quien cumpla la odiosa tarea de retirar el cadáver.
Las nanas, Dios las bendiga, nos permiten dormir hasta tarde, por lo general despierto entre una y dos de la tarde, pero hoy he despertado a las tres. Zoe despierta en su cuarto a las siete de la mañana y entonces las nanas la entretienen, le dan de comer, la bañan, juegan con ella, la sacan a pasear por estas calles tranquilas, le cuentan cuentos peruanos como los que mis nanas me contaban a mí y procuran que Zoe no suelte sus carcajadas fantásticas o sus gritos de aquí mando yo para que no nos despierte, qué nos haríamos sin las nanas, todo lo que gano trabajando es para ellas y todo lo que ellas trabajan es para que yo duerma como un bebé más bebé que mi bebé.
Las horas de sueño, que antes eran tensas y entrecortadas, y que tenía que estimular con numerosos sedantes que dañaban no poco mi hígado y mi memoria, se han vuelto limpias de químicos, ahora duermo ocho o diez horas de un tirón o con una sola interrupción gracias a unas pastillas naturistas que me recomendó uno de los muchos médicos que consulté para emanciparme de la nociva dependencia a las drogas para dormir. Lo bueno de dormir sin psicotrópicos es que recuerdo mis sueños y a veces tomo nota de ellos y azuzan mi imaginación de escritor; también es bueno despertar en ocasiones sintiendo el cosquilleo del deseo y poder contarle a mi mujer mis sueños, todos mis sueños, incluso los que más me desconciertan o me entristecen. Lo malo de recordar lo que he soñado es que ciertas noches despierto llorando, pensando en ellas, mis hijas mayores, en lo rara e inexplicable que es la vida sin ellas.
Zoe cumple siete meses esta semana. Los momentos que paso con mi hija menor son de una felicidad luminosa, impensada. Nos gusta pasear por el jardín, mover el agua de la piscina, salir a caminar por el barrio, mirar el mar o la fuente de agua de la isla, a ella le gusta que le hable, que le explique cada cosa, su mirada seria y adulta posada en aquello que despierta su asombro, su mano tan delicada acariciando el pelo posterior de mi cabeza, como si ella fuese mi madre y yo su hijo, como si ella supiera que, aun siendo mi hija de casi siete meses, mi vida depende de ella, de sus caricias, de sus miradas, de su sonrisa infrecuente. No estamos juntos todo el día porque ella tiene que hacer sus cosas y yo las mías y porque ambos creo que intuimos que es mejor estar un momento intenso y feliz y luego reunirnos más tarde, es mejor así. Es mi hija, sin duda es mi hija, basta con mirar sus manos o sus pies o el modo ceñudo y levemente depresivo en que pasea sus ojos por el mundo o el chiste que hace con las piernas, levantándolas y dejándolas caer, antes de quedarse dormida. Es mi hija y todas las batallas que he tenido que librar para afirmar su vida y para darle una apropiada bienvenida y para estar con ella ahora que más me necesita han valido la pena, aunque mi sangre haya quedado derramada en el camino, bien derramada estuvo.
Por mucho que intento controlarlo o neutralizarlo, se me sigue cayendo el pelo y por lo visto no hay nada que pueda hacer para impedirlo, desde luego la idea de quedarme calvo me aterra, pero si es un mandato genético o del destino, habrá que acatarlo con una mínima dignidad y, si acaso, con lo que uno pueda simular que sea parecido a la elegancia. Mi padre era calvo, mis abuelos eran calvos, mis tíos casi todos eran o son calvos, algunos de mis hermanos menores tienen menos pelo que yo y sin embargo sonríen encantadores, de modo que no hay por qué asustarse tanto, y sin embargo, a decir verdad, no me acostumbro a ver caer mis pelos muertos, estragados sobre la mesa en la que escribo o sobre el lavatorio en el que me peino después de ducharme. Seguiré tomando ciertas pastillas, aplicándome algunas lociones y elíxires de cítricos, lavándome el pelo con un champú francés demasiado caro que mi peluquera me ha jurado que usa su marido para no quedarse calvo, pero si he de quedarme calvo, calvo seré, y entonces supongo que será la hora de retirarme de la televisión y ser un escritor calvo y, por respeto a los demás, ermitaño, todo lo ermitaño que sea posible.
En dos semanas, el ocho de noviembre, mi mujer cumplirá años. No tengo un regalo para ella, no sé que regalarle, todo lo mío es suyo, toda esta alegría otoñal se la debo a ella, que me quiere tranquilamente, sin preguntas ni reproches, sin quejas ni melodramas, con una sonrisa pícara y esquinada al otro lado de la cama. Esta es una vida nueva que no pensé que en justicia me correspondía vivir y es ella, mi mujer, la madre de Zoe, quien la ha urdido minuciosamente para mí. La amo como jamás pensé que podía amar a una mujer. Yo pensé toda la vida que ahora recuerdo como si fuera de otro que no podía amar a una mujer porque yo era la mujer agazapada a la que debían amar. No deja de ser extraño y divertido que el azar haya emboscado mis certezas de esta manera inesperada. Pero, no siendo un hombre cabal, siendo a duras penas un hombre a medias, incompleto, roído por las dudas incesantes y el pasado que lo abruma, soy con ella exactamente el hombre que me da la gana de ser, puedo ser con ella todo lo que soy, el revoltijo de contradicciones y ambigüedades y sinsabores que anida en mi espíritu, un entrevero caótico sin el cual no sería el padre de Zoe, el esposo de mi mujer, el padre de mis hijas mayores, a las que recuerdo absolutamente todos los días, y el hijo de mi madre, la persona más bondadosa que he conocido, quien, a la distancia, tanto me quiere.
Son días felices. Mi mujer y mi hija menor y todas las nanas de blanco me han traído al cielo, esto tiene que ser el cielo y creo que todavía estoy vivo. Si no es mucho pedir, ruego a los dioses que dure un poco más.
ESCRIBE: Jaime Bayly
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