18 jul 2012

Un Dulce Recuerdo



Ha pasado tiempo, muchísimo diría yo. De vez en cuando mi mente se acuerda de ti, y esos momentos vuelven a la nebulosa de los recuerdos. A pesar que luego me enamoré de otra chica y luego otra, parece que la ilusión que tu me robaste alguna vez, te lo llevaste para siempre. Hago esta historia en la memoria de tus pétalos que dejaste caer sobre mí.

De Mayo a Setiembre, cuando las noches se enfriaban y la intemperie se volvía invisible por las brisas del clima, estabas parada frente a mi casa, con tu cabello largo, con tus ojos de almendras diáfanas, y esa timidez que tan solo yo podía detectar.

De reojo podía observar tu altivez natural de tu caminar, la cabeza erguida, la vista inmóvil y la nariz afilada. Muchas veces me dijiste, en esas caminatas de intenso frío, que solo querías quedarte conmigo, que muy poco importaba lo que tus padres podían pensar después. Pues tan solo podía soltarte una sonrisa inocente, de esas que te gustaban, porque sabes que en el fondo yo también deseaba lo mismo, pero no podíamos romper esa orden estricta que ya se nos había establecido.

Así poco a poco fui idealizándote, atribuyéndote virtudes improbables, sentimientos imaginarios y al cabo de unas semanas ya no pensaba más que sea en ti. Pues el éxtasis que vivíamos era intenso, era estupendo, era genial, podía sentir tu pulso tenue, tu respiración arenosa y un sudor pálido de los moribundos. Cada caricia que me dabas, cada palabra de aliento, cada mirada decorosa, eran frutos de un júbilo en el corazón de aquel romeo enamorado. Pues esos días eran dignos de celebrar con una copa de Brandy. 

Tal vez no tuve la oportunidad de escribirte una carta, de esas que se hacen de puño y letra, pero si hubiera sabido que podía escribir con una tinta fosforescente para que puedas leerme en la oscuridad, ten la seguridad qué hubiera hecho más de 100 pergaminos diarios.

Eras mi diosa Coronada, mi musa inspiradora, esa muchachita inocente que solo mis ojos te desvirgaron, pues me parecías tan bella, tan seductora, tan distinta de la gente común. Recuerdo también que había un advenedizo infausto que se jactaba pregonando de arrebatarme ese amor incondicional que me habías ofrecido. Pobre imbécil, terco y testarudo, no pensó jamás que iba a una batalla sin victoria.

Hasta que llegó el día en que te quise tanto y el día en que posiblemente te perdí. Eran cerca de las 7pm, no había nadie en la calle, excepto tu y el hombre que te seguía sin perdón. Tenía mis brazos peludos sobre tu cintura, mis ojos adormitados sobre tus pupilas, y en medio del aullido perruno de aquella noche, que solo las estrellas eran la luz de tan conmoción romántica, pudimos besarnos como nunca antes lo habíamos echo.

Oh sí! el tiempo se detuvo para nosotros, el sonido de los autos no parecía importar, y en cada trémulo de nuestros cuerpos, percibía el olor del cariño, la ternura y  la sinceridad. Pues, a continuación, causé el error que me llevó a la desesperación. Te juré fidelidad eterna y amor para siempre y mencioné que no hay mayor gloria que morir por amor. Estaba sensible, estaba enamorado, estaba loco, estaba hechizado, estaba sumergido en un sueño del cual no quería despertar. Tu dijiste que tenías miedo, que estabas destinada a mantener las brasas vivas pero sin poner la mano al fuego, mientras que yo, me encerinaba en cada momento.

Pensé y creí que a raíz de esto, no había algo que podía tumbarnos. Pero no pasó mucho para que la burbuja rosa que habíamos creado, se reventara y se convirtiera en un menesteroso amor. Se crearon falsas historias y la lengua serpentina encrudeció el corazón que más tarde se volvió en acero. Llorabas de cólera, de rabia, de impotencia, y yo, encerrado en mi habitación, en el silencio de la intimidad, también sollozaba como un niñito que había perdido a su mamá.

Estaba atiborrado de tantas penas y congojas. Pues las heridas cicatrizadas volvían a sangrar con el recuerdo de tu sombra silueteada. Pues con el pasar del tiempo, ella no sintió la conmoción del amor, sino el abismo del desencanto. El cariño se marchitaba a fuego lento en el aura del alcanfor de sus crespones de soltera. 

Ella no deseaba hablar más conmigo, ni con un supositorio de trementina. Yo estaba enojado con la vida, estaba rebelde con todo lo que se me ponía enfrente, pues era una pantera herida que nunca más volvería a tener 18 años. Era demasiado joven para saber que la memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos.

Perdí tu rastro hasta el día de hoy. No supe más de ti, por más que te busqué. Aunque a veces caminando por la calle, me parece verte, con tu cabeza erguida y tu nariz afilada. Pero no estoy seguro, porque también pienso que a veces es una fantasía del cerebro. 

Luego me enamoré otra vez, me ilusioné con otra chica, que más tarde se convertiría en mi enamorada, pero esa es otra historia. Solo Dios sabe cuanto te quise, aunque en el fondo sabemos que era un juego perverso de ambos, mítico y perverso, pero por lo mismo reconfortante: uno de esos tantos placeres del amor domesticado.

Siempre te recordaré por lo que pasó, por que lo que hicimos y por lo que no hicimos, por lo que dijimos, por lo bueno y por lo malo , por la valentía que tuviste y por la hidalguía que me contagiaste, por tantos besos y tantos desagrados, pero que al final, en el fondo y trasfondo de esta historia.... será por siempre.... UN DULCE RECUERDO.  

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