
No se habían visto en años. En realidad, ni siquiera habían pactado aquel encuentro que tuvieron esa vez. Cuando Romina lo vio, no lo reconoció. El había cambiado mucho desde la última vez que se vieron.
Ella tenía el mismo vestido. La tristeza y la ilusión, nunca pasaron por su cabeza. Seguía teniendo esos ojos grandes hermosos, de pestañas largas, y una sonrisa perfecta. Parecía que había engordado, pero estaba equivocado.
Juan sí había cambiado. Ahora, tenía el cabello parado, la postura del pavo real, los ojos amedrentados, el coraje de un felino y la simpatía de un galán de barriada.
Aquel día del crepúsculo, mientras la lluvia torrencial caía sobre el asfalto, Romina caminaba por las calles frías de Nueva York, con una cartera colgada en el hombro, acompañada del brazo de un tipo alto y de barba pronunciada. Ella vacilaba con su compañero de alado cuando notó la presencia de aquel tipo que tanto la hizo suspirar, aquel hombre que una vez le hizo sentir cosas que difícilmente se pueden contar.
El llevaba una camisa blanca y un blazer oscuro que denotaba la elegancia de su perfil soberbio. Tenía un cigarro entre sus dedos, que de rato en rato se lo llevaba a la boca. En la muñeca izquierda tenía un Emporio Armani (reloj digital) y fue precisamente que por esto, tuvieron que hablarse una vez más.
Juan esperaba que cambie el semáforo para cruzar la pista, cuando escuchó una vos sensual.
“Gentleman, Can yo tell me what time it is? dijo Romina. Juan voltió a responderle a la bella dama, cuando percató su presencia.
“¿Romina, eres tú?”, respondió Juan.
Romina, algo extrañada, dijo que sí, pero que no lo conocía.
Juan solo dijo su nombre con una vos varonil.
Ella quedó anonadada, los ojitos le brillaban como dos estrellas en la oscuridad de una noche, también deslizó una sonrisa pícara pero, lo que más le llamó la atención a Juan, fue ese cariño incondicional que le regaló en esos momentos, algo que hace mucho tiempo no veía en ella, tal vez desde la primera vez que se conocieron.
Romina se acercó y lo abrazó tan fuerte que Juan se quedó sin aire por unos segundos. Estaba emocionada, lo veía en su rostro. Romi le dio un beso en la mejilla y se acercó a susurrarle que lo quería mucho, sin importarle que pensaría su acompañante.
Ella esperó algo similar de Juan, pero este, fue tan indiferente que solo le dio un gracias y tampoco respondió a su abrazo efusivo que le había dado ese viejo amor que tanto quiso una vez.
Romina no dijo nada, pero entendía esa indiferencia. Años atrás, ellos fueron enamorados. Juraron amarse por toda la vida, pero un día, sin pena ni gloria, Romina envenenó toda ilusión posible de aquel joven enamorado. Sí, ella terminó, cortó, finiquitó, la relación que una vez surgió del amor puro y sincero.
“Mientas más lejos estés de mi, mejor será”, habló Juan mientras la miraba a los ojos, con una sonrisa burlona.
Ella se alejó, los ojos le brillaban, pero esta vez no fue de alegría, si no de un llanto silencioso. Aunque en esos momentos no le mostró ninguna pista de sufrimiento, por dentro estaba muy mal.
Esta vez, Juan se acercó y le dio un beso en la mejilla despidiéndose, un beso suave, tierno, pero de Judas.
El viento de Nueva York soplaba su blazer y el cabello de Juan, mientras Romina veía
como se marchaba. El subió en el bus que lo llevaría a su destino y por la ventana divisó a su bella Romina en los brazos del otro hombre. Juan solo atinó a darle una última pitada a su cigarro.
Los días pasaron y hasta el momento no se han vuelto a encontrar. Pero, nadie sabrá si algún día sus vidas nuevamente se vuelvan a cruzar. El destino, tan impredecible como suele ser, los juntó aquel día en Nueva York, tal vez mañana sea en su país de origen, Perú.
Lo cierto es que Juan y Romina protagonizaron una vez más, aquella historia que tanto nos deleita una y otra vez. Aunque sea, en un encuentro del infortunio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
¿QUÉ OPINAS?